| lectoraviva ( @ 2006-09-25 20:03:00 |
Podría decir que su cabeza estaba llena de perlas inigualables, como todas las perlas naturales, de diferentes tamaños en su cuenco. Una perla por cada idea recién surgida. Nos engañaríamos en ese momento de fe. Su cabeza estaba llena de lucideces como lombrices. Quizás las lombrices de mar sean las gulas y a esas sí se las aprecia. En todo caso, sus lombrices eran de tierra, largas y viscosas entrelazándose en un aparente sinsentido dentro de su col. También los intestinos parecen no obedecer normas de situación, aunque todos los que hemos sufrido una apendicectomía sabemos qué es que se coloquen en su sitio.
Así pues, las lombrices de su cabeza se unían como coordinadas unas, y otras como juxtaposadas. Y así se intercambiaban más o menos sus ideas, y las transmitían para escribir un gran plan, o quizás para desbaratar un gran sentimiento. O eso deduje yo mucho después.
Las chicas que lo miraban se preguntaban qué habría en su cabeza, detrás de esos inmensos y preciosos ojos oscuros. Fue siempre una suerte para él que no fueran claros y se transparentasen sus lombrices, la mayoría no se habría acercado nunca más sintiendo un gran asco. No fue lo que ocurrió conmigo.
Yo me hice la misma pregunta que las demás cuando le conocí, quedé fascinada por el gran misterio de su mente de compuesto extraño. Cuando le miraba lo hacía directamente a las pupilas, buscando algo que me diese alguna señal. Pronto vi una sombra en movimiento dentro del iris. me propuse descubrir qué había ahí dentro. Siempre fui horrorosamente curiosa, y eso era tan extraño...
Le besaba mirándole a los ojos, que él insistentemente cerraba, como ocultándome la verdad. Alguna vez le insinué mi descubrimiento, e intenté sonsacarle algo, pero fue imposible, siempre evitaba la conversación o me miraba extrañado por mi interés. Llegué a pensar que él vivía ajeno a su realidad y no le importaba en absoluto. Pero entonces porqué evitaba mirarme de tan cerca a los ojos?
Un día me pidió que me casara con él, y yo, pensando en la oportunidad que tendría al pasar más tiempo con él, acepté. Al principio, no ocurrió nada en especial, sólo veía de vez en cuando ese brillo en el iris, o una sombra. Corría entonces a anotarlo en una libretita que compré especialmente para eso y guardaba en la mesilla alegando que escribía cosas que se me ocurría comprar para la casa.
Esa tranquilidad sólo estuvo los primeros días, después empecé a escuchar los ruidos. Como murmullos rápidos, los escuchaba al relajarme para dormir. Provenían de su cabeza. Pasé noche tras noche intentando no oírlos, dándole la espalda, o procurando dormirme antes que él. Pero conforme nuestra vida se fue asentando, yo los escuchaba con mayor claridad y no conseguía descifrar qué decián o si eran voces o el movimiento de algún animal o algún ruido que hiciese al respirar mientras dormía. Muchas noches me acerqué silenciosamente a mirarle los huesos del cráneo para obtener alguna respuesta. Estaba claro que la respuesta estaba dentro.
Me costó muchos días tomar la resolución. Y muchos más atreverme a llevarla a cabo. Finalmente lo hice, por que ya sólo podía dormir una hora diaria, justo la que me dejaba sola en la cama para irse a trabajar. Con mi embarazo además mis sentidos se habían agudizado y pasaba los días cansadísima en las clases, ya casi ni era la persona brillante y viva que adoraban mis alumnos.
Así que agarré el hacha de cocina mientras dormía, él se había acostumbrado a que me moviese mientras dormía y ni se despertaba ya. Aprovechando su posición fetal la clavé de un certero golpe en la sien. Él se movió con espasmos rápidos que hicieron que yo descubriera, al fin, el misterio de sus ojos. Decenas de lombrices cayeron en las sábanas, retorciéndose.